La cruzada de Teobaldo de Champaña
y Ricardo de Cornualles

M
uchas veces nos encontramos entre el viejo dilema: ¿Qué es mejor? ¿Ser inteligente o tener suerte? ¿Y ambas? Hay personas que, sencillamente, nacen en el lugar indicado y en el momento indicado; quienes tuvieron esa suerte fueron dos participantes de esta cruzada que, con el tiempo, se convertirán en reyes: Teobaldo de Champaña y Ricardo de Cornualles.

 

Teobaldo de Champaña y los barones franceses.

Teobaldo era hijo del difunto conde Teobaldo de Champaña, que no alcanzó a participar en la cuarta cruzada, y de Blanca de Navarra, ella impulsó las famosas “Ferias de Champaña”.

Los barones que lo acompañaron: el más importante era Pedro Mauclerc (Mal Clérigo) de Bretaña; soldado notable, hábil e inescrupuloso político que solamente amaba el poder, las riquezas, el prestigio y cualquier tipo de contienda. Se hizo cruzado porque necesitaba la ayuda del Papa para resolver sus problemas con la Iglesia del condado de Bretaña.

Otro barón era Amalrico de Montfort, hijo de Simón de Montfort (el líder de la cruzada contra los albigenses). A pesar de su bancarrota, era considerado el primer soldado de Francia, no en vano era el Condestable de Francia.

Junto a ellos iba Hugo IV de Borgoña, participaba más por tradición familiar que por convencimiento propio. Vale recordar que todos los borgoñones fueron muy entusiastas de las cruzadas, incluyendo a Hugo III, quien batalló al lado de Ricardo I de Inglaterra.

Finalmente, los últimos barones notables son:el conde Enrique II de Bär y Felipe de Montfort, que se convertirá en señor de la ciudad de Tiro, adquisición con la cual se dará por terminada la “Guerra de los Lombardos”.

Gregorio IX les pidió, tanto a los barones como a Ricardo de Cornualles, no ir todos juntos sino alternarse porque Tierra Santa no iba a dar abasto para sostener y proveer a tantos caballeros; por esa razón fueron en turnos, el primero fue de los franceses.

Los barones franceses dejan Francia en agosto de 1239. Teobaldo llega a Acre el 1 de septiembre de 1239 y se reúne con los tres grandes maestres de las órdenes de caballería. Las posiciones estaban divididas: los hospitalarios querían aliarse con el sultán de Egipto; los templarios, con el sultán de Damasco.

Ese mismo año los musulmanes atacan Jerusalén y la torre de David, principal fortificación de la ciudad bajo el cuidado del inglés Ricardo de Argentan, soporta la embestida. Agentes del emperador, luego, acuden para que dejen en paz la Ciudad Santa.

Los franceses, finalmente, optan por aliarse con Damasco y marchan hacia Ascalón. Al parecer, el ejército constaba de 4 mil caballeros; de los cuales la mitad pertenecían a las órdenes de caballería y la nobleza franco-siria.

Durante la marcha, Pedro de Bretaña, quien hizo su tarea de “inteligencia militar”, se entera de que una caravana se dirigía a Damasco; también se informa del camino que iban a seguir, el castillo donde pasarían la noche y el mejor lugar para emboscarlos. Con un grupo selecto de caballeros, marcha y se dividen del mejor modo: unos los empujarían a la trampa (encabezados por Pedro) y los otros les cerrarían el camino de salida. Los que intentaron zafarse de la emboscada y huir al castillo fueron alcanzados por Pedro, que entró detrás de ellos y de ese modo también fue saqueado el castillo. Todo el destacamento musulmán cayó y el botín fue impresionante. Aquella acción audaz le dio al conde de Bretaña un renombre exitoso que despertó no poca envidia en los otros barones.

El conde de Bar, Hugo de Borgoña y Amalrico de Montfort con 400-600 caballeros (no se sabe la cifra exacta) galoparon rumbo a Gaza, con el objetivo de darle alcance a un batallón sarraceno que merodeaba por la zona. Pasaron por alto las quejas de Pedro de Bretaña y los grandes maestres de las órdenes de caballería, que pidieron moverse como una unidad.

Enrique actuó como buen necio: a buenos consejos, oídos sordos. Avanzó más allá de Ascalón y llegó a los límites del antiguo reino de Jerusalén, Gaza. Entrada la noche, se detienen en una hondada, rodeada de dunas, en un punto estratégico… “poco inteligente”. Por otra parte, el comandante egipcio había despachado exploradores que le advirtieron sobre la presencia de tropas cruzadas y, lentamente, procedió a rodearlos desde lo alto.

¡La sorpresa fue total!

Una vez que comienza la batalla, hay opiniones divididas: Hugo de Borgoña y el conde de Jaffa, Gualterio de Brienne (sobrino de Juan de Brienne) optan por volver a Ascalón; Amalrico de Montfort y Enrique de Bar no quieren abandonar a los ballesteros e infantes a su suerte, de modo que se alistan para resistir. Y lo hicieron muy bien, hasta que a los ballesteros se les acabaron las flechas… Entre la espada y la pared, la caballería decide jugarse el todo por el todo y cargan; los musulmanes, que fingen una retirada, se reagrupan y contratacan.

La batalla resulta desastrosa para los cruzados… Enrique de Bar muere en combate, Montfort cae prisionero con otros ochenta caballeros.

En su retirada, Hugo de Borgoña se encuentra con la vanguardia del ejército cruzado, con los teutones; acuden rápido al lugar de la batalla, encuentran pocos sobrevivientes y alejan a los musulmanes que aún quedaban. Los templarios y hospitalarios desaconsejaron perseguir al ejército musulmán, la razón que adujeron fue la siguiente: si los perseguimos, pueden ejecutar a los prisioneros; mejor dejarlos ir en paz y después negociaremos su liberación.

Un mes después de la batalla de Gaza, el señor de Transjordania, ataca Jerusalén y destruye la Torre de David, la principal fortaleza de la Ciudad Santa. Jerusalén, en derecho, estaba en manos de los cristianos pero, en realidad, a merced de los emires musulmanes.

Afortunadamente, la guerra civil ente el príncipe de Transjordania (musulmán) y el sultán de Damasco facilitó el panorama diplomático para los cruzados.

Teobaldo de Champaña, con los suyos, retorna a Acre; acampa frente a Trípoli mientras negociaba con el emir de Hama, pero el resultado es infructuoso.

El sultán de Egipto, para ganarse la neutralidad de los francos, accede a entregar los alrededores de Sidón, Belfort, Tiberíades y Saphet (los Templarios comenzarán a construir su bastión más famoso en Saphet ese mismo año). También se les añade, luego, con Ricardo de Cornualles: Galilea, Jerusalén, Belén, Ascalón y Gaza.

Teobaldo, aliado con el sultán de Damasco, marcha hacia Ascalón con los templarios; los hospitalarios, por su parte, se niegan a unirse a la expedición y para rematar el fiasco, la mayoría del ejército musulmán, cuando llega a Ascalón, deserta.

Para finalizar su cruzada, Teobaldo de Champaña y Pedro de Bretaña peregrinan a Jerusalén y a mediados de septiembre de 1240, se retiran rumbo a sus hogares; Hugo de Borgoña, por su parte, se queda en Ascalón.

Aquí entra en escena el segundo gran príncipe de la cruzada: Ricardo de Cornualles.

Entre los barones ingleses que lo acompañan estaba: el famoso Guillermo II de Salisbury (fallecerá en la cruzada de San Luis); Simón de Montfort, earl de Leicester y cuñado de Ricardo y Enrique III; y Juan “el Escocés”, earl de Chester y Huntingdon, feudo que tradicionalmente era del rey de Escocia.

La determinación de Ricardo también tenía una motivación externa, cuando lo persuadieron que se quedara, declaró: “Inglaterra es un desastre tan grande que me iría aunque no hubiese hecho ningún voto de ir a Tierra Santa”. En verdad, casado con la hermana del líder la oposición, Isabel Marshall, estaba harto de lidiar y arbitrar entre los barones y el rey.

Ricardo no aceptó la invitación de Federico II de usar sus puertos y fue a Tierra Santa por Marsella; Simón de Montfort, por su parte, embarcó en Brindisi. Juntos, contaban con una hueste de ochocientos caballeros.

Es bueno puntualizar una de las buenas cualidades de Ricardo, que no eran pocas, y entre ellas, se sabía que no dejaba nada al azar. A través de los Templarios de París, que tenían gran experiencia en las actividades bancarias, hizo un giro a Tierra Santa de seis mil marcos de plata. ¡Qué viejos son los títulos de crédito y los giros bancarios!

Embarca en Marsella en septiembre y llega a Acre el 8 de octubre de 1240; ni bien llega, ayuda con la reconstrucción de Ascalón, donde estaba Hugo de Borgoña que, como recordamos arriba, se quedó por más tiempo.

En esta cruzada ocurre algo curioso, y es el cambio de frente y hábil uso de diplomacia de parte de los príncipes cruzados que, aprovechando las interminables querellas de Damasco-Egipto, sacan partido de ambos reinos. Si Teobaldo se alió con Damasco y recuperó los territorios de Galilea; Ricardo, no menos prudente, en el mes de abril de 1241 recuperó: Ascalóny a los prisioneros de la batalla de Gaza, también enterró a los caídos y mandó a celebrar misas por ellos, un doble detalle piadoso del príncipe Plantagenet.

También ayudó a reconstruir Ascalón, lo hace exactamente tal como lo hizo su tío, Ricardo Corazón de León, y se lo entrega al gobernador imperial de la ciudad de Jerusalén, Gualterio de Pennenpié; Federico II, a su vez, se lo transferirá a los hospitalarios.

En su retorno, Ricardo visitará a su hermana Isabel y a su cuñado, el emperador Federico II, y le rendirá cuentas de su estadía en Tierra Santa.

 

Conclusión

La cruzada tuvo pocas batallas, hasta podría decirse que el balance militar puede ser negativo por la derrota de Gaza. Lo ganado en diplomacia, apareciendo en el momento oportuno, fue equivalente a restaurar el antiguo reino de Jerusalén, salvo por el principado de Transjordania. Entonces, ¿qué vale más? ¿Ser inteligente o tener suerte? Los príncipes de esta cruzada contaron con esas dos herramientas de su lado.



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