La Vida en Tierra Santa

L
a gran particularidad de los principados y ciudades de Tierra Santa era la profunda heterogeneidad que superaba a cualquier metrópoli europea.

Primero hay que establecer la identidad de los diferentes principados: Antioquía, Trípoli, Galilea; excluyendo a Edesa que fue un condado que se perdió prematuramente.

¿Cómo explicarlos? ¿De adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro? Es mejor empezar con un ejemplo puntual, pienso en el principado normando de Antioquía y la manera más fácil de explicarlo es desde arriba hacia abajo, de lo general a lo particular.

A la cabeza del Principado/Condado estaba el señor, que poseía ingresos personales; generalmente era el terrateniente más poderoso y con más ingresos. Los principados y feudos menores eran hereditarios, una cuasi-“pertenencia personal”, y si el feudo se perdía en manos de los sarracenos, cuando se recuperara, el señor podía reclamarlo como suyo.

Entre los miembros de la Casa estaba la mano derecha del señor: el Senescal, quien guiaba los asuntos principales de la casa, una suerte de lugarteniente.

Luego venía el Condestable, quien encabezaba al ejército del príncipe, su subalterno inmediato era el Mariscal, quien revisaba: caballos, armamento adecuado, contrataba mercenarios, etc…

En la vía administrativa, el principal miembro era el Mayordomo, luego seguían el Chambelán y contaban con secretarios a su servicio que recolectaban los ingresos de las diferentes aldeas, ellas se regían autónomamente por un jefe local (Rais).

Finalmente venía el Canciller, que tenía el sello y se encargaba de los documentos oficiales (por ejemplo, si otorgaba algún beneficio como “los venecianos van a poder usar sus propias balanzas para pesar el dinero”, o “los genoveses quedarán eximidos del impuesto de venta”).

Ya está la Casa del Príncipe, las personas inmediatas alrededor del señor.

Al servicio del señor estaban los “valvasores”, esto es: caballeros de mesnada. Hay que diferenciar entre “caballeros a sueldo” y “mercenarios” (sodeers). Al caballero se le otorgaba un feudo y con esas rentas cumplía sus obligaciones militares; pero también existía el “feudo-renta”, donde lo que se le pagaba eran besantes (sarracenos) de oro. Por otro lado, la renta  en especie, esto es, oscilaba entre 1/3-1/4 de la cosecha de tal casal o aldea. Estos caballeros podían estar directamente conectados con el Príncipe o indirectamente, ej.: vizconde, tenía que aportar X cantidad de caballeros. El vizconde es una figura del mundo normando (en Inglaterra el “equivalente” era el Sheriff)y su papel era la guardia activa de la seguridad de la ciudad.

El servicio militar podía llegar a durar todo un año, a diferencia de Francia, donde duraba cuarenta días y el resto debía ser bajo responsabilidad del duque o rey. De la mano del servicio militar está el pago de mercenarios (contratados por tiempo determinado); y a lo largo del tiempo se va dando una “inflación” respecto del precio del caballero y las cargas militares del señor se podían volver insoportables. Más de un barón le vendió su fortaleza o ciudad a las órdenes de caballería. Por ejemplo “Margat” era la residencia del Condestable de Antioquía y en 1186 pasó a manos de los hospitalarios a cambio de una renta vitalicia.

Entonces al menos ya puede uno imaginarse la ciudad de Antioquía con la ciudadela o fortaleza principal donde está la residencia del Príncipe, las fortalezas aledañas y las respectivas mesnadas que constituían el ejército del principado.

Las ciudades estaban divididas internamente por grandes muros que dividían los barrios. Antes de las conquistas (como es el caso de Trípoli o Tiro) o mediante negociaciones (adquisiciones, asignaciones)se repartía el territorio. Donde más claramente se ve esto es en la ciudad de Acre, estaban los barrios de: los hospitalarios, los templarios, los alemanes, los venecianos, los genoveses, los pisanos. Todos bien diferenciados por edificios que marcaban el límite, muros con puertas principales y calles comerciales. A su vez, cada barrio tenía sus torres e iglesias, ya que cada comunidad le gustaba construir una iglesia que la reflejara lo más dignamente posible.

De modo que una ciudad podía estar llena de europeos de los lugares más remotos: ingleses o franceses con el Temple o el Hospital, también alemanes con la Orden Teutónica; comerciantes y marinos italianos; caballeros franco-sirios; campesinos árabes (algunos eran musulmanes, otros eran cristianos); judíos en las grandes ciudades; religiosos de diversas órdenes y peregrinos, que llegaban todo el tiempo.

Y sí: todas las diferentes etnias conviviendo en una ciudad.

Creo que bien vale imaginarse Trípoli o Acre pobladas de torres en las murallas, torres internas en los barrios que dividían la ciudad y esa magnífica variedad que era un milagro encontrar coexistiendo pacíficamente y, dato no menor, practicando sus propias religiones.

En los alrededores estaban las plantaciones y cosechas. El reino de Chipre, por ejemplo, fue un gran exportador de azúcar a Europa. En la ciudad de Tiro los judíos hacían cristal y también eran excelentes confeccionando ropa. En Nablus se hacían excelentes lienzos. Así uno puede seguir enumerando por largo rato los diferentes productos.

Los italianos llevaban especias a Europa: sal, pimienta (que podía servir como moneda de cambio); también traían seda, lino, lienzos. Todas las industrias eran muy diversas y específicas. Egipto, por ejemplo, no tenía ni madera ni hierro, de modo que, a pesar de las prohibiciones papales (eran “material bélico”) más de un italiano se los proveyó. Sicilia, en cambio, se enriqueció con la ciudad de Mahdia vendiendo grano, algo que escaseaba en la ciudad del actual país de Túnez; también hizo acuerdos con Génova para insertar su algodón y grano.

 

Respecto del mercado y de los puertos.

Había que pagar por anclar, y una gran cadena, que era controlada desde una torre, dejaba pasar a los barcos o les impedía el paso.

En los mercados, los oficiales de la ciudad tenían que cobrar los impuestos. Había un porcentaje impuesto sobre el total por: comprar, vender, importar, exportar. Generalmente los italianos negociaban para estar eximidos por importar o exportar; o por el impuesto de compra o el de venta. Además, negociaban para tener sus propias balanzas y medidas.

Asimismo, tenían comunidades fuertes, pudieron establecer jurisdicción sobre sus miembros y sólo eran juzgados por jueces de su comunidad. Esto es: un genovés solamente podía ser juzgado por genoveses.

Las cortes eran de tres tipos: las señoriales, las de burgueses y las de los siervos. Siempre que hubiese una querella entre un superior y un inferior (ej.: entre un caballero y un burgués), la jurisdicción correcta era la del escalón inferior, esto es, la corte de los burgueses en este caso.

No obstante, para evitar la arbitrariedad de los señores feudales, el rey Amalrico I de Jerusalén permitió una suerte de “recurso extraordinario” que permitía acudir al rey ante una injusticia del señor y no verse despojado de sus derechos o ser restituido en su feudo.

Junto al rey estaba el máximo tribunal en el reino de Jerusalén: la Haute Cour, compuesta por los principales miembros del reino de Jerusalén (sólo Jerusalén, no Trípoli, ni Antioquía que eran principados independientes). Curiosamente, era la Haute Cour quien se expedía sobre temas esenciales en el reino, ej.: a quién le pertenecía la regencia, quién era el heredero a la corona. Desgraciadamente, la Haute Cour vivió en una eterna pulseada con el rey, era una suerte de tira-afloje entre un poder unipersonal y efectivo ante uno disperso, independiente, pero impotente a la hora de tomar decisiones rápidas y eficaces.

En Trípoli, curiosamente, el principado tenía su propia jurisprudencia. Puede decirse que ningún reino del medioevo peleó tanto por “el derecho”, esto es: lo justo legal. Ante una heterogeneidad tan grande, se recurría incesantemente a las cortes y el conocimiento de la ley era un recurso muy valioso para un gobernante. Especialmente para responder lúcidamente ante las “argucias legales”. Las costumbres solían cristalizarse y entonces se publicaban las “Assizes” del reino.

La pelea principal era “quién hace las costumbres”, que luego derivaban en leyes. Los barones apostaban por “las costumbres” que reflejaban al reino de Francia en el siglo XI, donde el rey era “primo inter pares”. Mientras que el rey, en su “obsesión” por dejar atrás a Carlomagno, los Caballeros del Zodiaco y ese mundo quimérico con el que soñaban los señores, apostaba por un estado centralizado que pudiera responder rápida y acertadamente a las amenazas reales desde los diferentes puntos cardinales del reino. Tuvieron muchos problemas a la hora del “enforce” de los “Assizes”, esto es: darles fuerza efectiva, “hacerlas cumplir”.

La realidad es que la pulseada la ganó la Haute Cour, por la ausencia de los reyes de Jerusalén; en el caso de Federico II, por sus peleas con el Papado. Los barones se fueron apropiando de todos los derechos y regalías que le pertenecían al rey.

La política y expediciones militares estaban condimentadas por las infaltables tres órdenes de caballería principales (Teutones, Templarios, Hospitalarios), que tenían sus particularidades y más de una vez también se ponían del lado de los señores o del rey.

Los barones de Oriente, desgraciadamente, nunca pudieron entender que vivían en estado de permanente guerra con sus vecinos musulmanes y que “la fiesta” la pagaban los cruzados que venían de ultramar. Con el tiempo, la brecha y encontronazos entre los barones franco-sirios y los cruzados europeos impidieron una armoniosa o plena cooperación.

En la última etapa del reino, especialmente desde la segunda caída de Jerusalén, se tuvieron que ir tragando lentamente su orgullo (sólo aquellos que estaban debilitados). Cuando Roger de San Severino (año 1277) acudió de parte de Carlos de Anjou, le hicieron caso… ¡Muy tarde!

Finalmente quedan los campesinos. Un gran enigma que la mayoría fuesen musulmanes. Pero no hay tal “enigma”, ya que decían que los francos tenían muy buena justicia en sus territorios y exigían, en términos económicos, menos que los emires musulmanes. De modo que los ortodoxos veían a sus correligionarios vivir en las tierras de los infieles (francos) cómo se enriquecían y tenían una vida suave a comparación de ellos.



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