Ricardo de Cornualles

É
l es uno de los muchos príncipes cruzados que aparecen en la novela de Louis de Wohl sobre Santo Tomás de Aquino: “La Luz Apacible”. Tomás de Aquino es el filósofo medieval más conocido, más sistemático y admirado por muchos escritores, entre ellos por Hermann Hesse, premio nobel de literatura; por lo menos así lo reconoce el escritor en sus cartas.

Entre los príncipes cruzados que aparecen, y que también son mencionados en esa novela, pueden contarse a Federico II, Luis IX, Carlos de Anjou, Simón de Montfort, Eduardo I de Inglaterra, Ricardo Corazón de León y un personaje que aparece en el inicio: el Earl de Cornualles, Ricardo Plantagenet.

 

Un príncipe con aparente mala suerte

 

El segundogénito de Juan Sin Tierra nació el 5 de enero de 1209 y con la aparente mala suerte de no ser heredero al trono. Esa desgracia le permitió estar lejos de una mala influencia: Juan I de Inglaterra, que no era muy diferente al león sin melena ridiculizado en la película de Disney: Robin Hood. Era violento, temperamental, inestable psíquicamente y apático. Fue mejor gobernante de lo que la gente cree, pero como persona…

Enrique III sí estuvo influido por ser el heredero al trono; si bien estar en la corte del Juan I puede no haberlo determinado, sí podemos decir que le dejó graves secuelas que casi le cuestan su corona. De modo que tenemos dos hermanos: uno que vivió en la corte, destinado a ser rey, y casi pierde su reino; otro que vivió apartado, y termina siendo rey.

El nombre Ricardo venía de los ancestros normandos, duques de Normandía, y lo más seguro es que Juan lo haya llamado así en honor a su propio hermano, a quien muy probablemente admiraba: Ricardo Corazón de León.

En contraste con su padre y su tío Ricardo, francófonos, Enrique III y su hermano Ricardo son la primera generación angloparlante de la familia Plantagenet.

 

Los inicios de Ricardo

 

Desde los seis años está bajos los cuidados de Roger de Acastre en el castillo de Corfe, un lindo bastión en Dorset (suroeste de Inglaterra) con un notable bailío rectangular de estilo normando en lo alto de un monte, y su cuidador era Pedro de Mauley. Estos hombres, y todos los tutores de su infancia, lo acompañarán a lo largo de sus campañas militares.

A los 16 años, el 2 de febrero de 1225, es armado caballero en Westminster y después es nombrado Earl (título similar a “conde”) de Cornualles, señorío que está en el extremo suroeste de Inglaterra.

El 25 de marzo de 1225 recibe la comisión de recuperar algunos de los territorios perdidos en las manos de los franceses: Gascuña y Anjou. Era acompañado por dos cruzados experimentados: Felipe de Aubigné, tutor de Enrique III, que luego también lo acompañaría a su cruzada y, de hecho, moriría en ella; y por Guillermo Largaespada de Salisbury. Damos por descontado, obviamente, al séquito del propio Ricardo encabezado por sir Roger de Acastre. Cruza el canal con 40-70 caballeros, 500 soldados galeses y la notable suma de 36 mil libras en un barco que, dentro del convoy real, era comandado por un templario.

Ricardo se movió no sólo en el campo militar con destreza, sino que también desplegó una labor diplomática notable. Recuperó la Gascuña, pero no pudo reconquistar Anjou. La Rochelle, fortaleza bretona estratégica, volvió a la órbita de la corona inglesa. Los Lusignan, importantes señores poitevinos, se ponen de su lado; asimismo muchos barones franceses, entre ellos el conde de Tolosa.

Para Ricardo, buen soldado, era más efectivo hacer tratados que la guerra.

Si bien las operaciones duraron, con ciertas interrupciones, hasta 1231 de modo activo en Francia, puede decirse que era el hombre de más confianza de Enrique III. Fue una prueba que superó con destreza

 

Matrimonios y políticas en Inglaterra

 

En el año 1231 se casa con Isabel Marshall, hija del famoso Guillermo el Mariscal y viuda del magnate Gilbert de Clare. El matrimonio, pensado de modo estratégico, fue un éxito: recuperaron para la corona muchos territorios de dos barones que apoyaron al Delfín Luis (Luis VIII) cuando invadió Inglaterra. Con ella tendrá su único hijo superviviente: Enrique de Alemania. Ella, nueve años mayor que Ricardo, muere el 17 de enero de 1240. Cuando retorne de Tierra Santa, él se casará con Sancha de Provenza, que también era notablemente bella.

Unos años después del primer casamiento de Ricardo, Enrique se casará con Leonor de Provenza. La última de las hermanas provenzales, Beatriz, se casará con su otro cuñado, Carlos de Anjou. Luis IX, a su vez, estaba casado con Margarita de Provenza. Así tenemos cuatro matrimonios de dos hermanos ingleses y dos hermanos franceses con cuatro hermanas.

No faltaron conflictos entre los dos hermanos. Enrique III tenía un criterio pobre, era muy improvisado y, con cierta influencia tiránica e desequilibrada de su padre, a la que se añadía cierta impotencia o debilidad, tendía a ser una de las principales causas de problemas en el reino. Pero de todos los conflictos, Ricardo siempre salió airoso y, lo más importante, mejor posicionado.

En el invierno de 1232-33 Enrique le da la comisión de vigilar las “Marcas”, esto es: los límites con Gales, zona de conflictos bélicos propiciados por Llewelyn, a quien vence con la ayuda de su cuñado, Ricardo Marshall. Éste, el año siguiente, se convertirá en rebelde y morirá.

Gilbert Marshall, su sucesor, morirá en 1241 y, ayudando a la paz de Inglaterra, no dejará descendientes que querellen con el rey.

A su vez, en 1238 sucederá uno de los matrimonios más nefastos para la historia medieval inglesa: el ambicioso Simón de Montfort se casará con Leonor de Inglaterra.

 

Ricardo el diplomático

 

Fue vital su rol de mediador entre el rey y los barones en Inglaterra. También con los barones franceses en Tailleburg y luego con el emperador Federico II durante su estancia en Sicilia y Lombardía.

Después de los encontronazos y diferencias entre los barones y el rey, Ricardo participa en la cruzada y negociará para recuperar territorios en Tierra Santa. En su retorno, cumplirá un papel de mediador entre el emperador y la curia papal. De ese modo se ganará el aprecio de Federico II, lo cual no es poco. A su vez, Ricardo, se sentirá muy impresionado por el séquito y fausto de la corte imperial, tanto que en la misma Dieta de Cremona pudo ver un elefante dentro de las mascotas imperiales. Los Plantagenet también tenían su propio “zoo” en Woodstock, este lugar será uno de los títulos del Príncipe Negro: Eduardo de Woodstock.

En una de las tantas expediciones militares fallidas de Enrique III, que siempre tenían gran sabor a improvisación, algo que jamás hubiese ocurrido durante el reino del tío Ricardo, fue su hermano, el earl de Cornualles, quien dio la cara en Tailleburg.

Aliados con Hugo de Lusignan, quien les pide que traigan dinero; ellos lo traen, pero no tienen ejército, y entonces se enojan con él porque no les dijo que traigan soldados. Y la alianza con ellos era gracias a su conflictiva esposa: Isabel de Angoulême.

Esta alianza improvisada contra Luis IX les pudo haber salido muy cara de no haber sido por Ricardo que, vestido de peregrino, sin armadura, cruza el río Charente, que separaba a ambos ejércitos, y pide una tregua de 24 horas; tiempo que los ingleses usaron para retirarse ilesos. La popularidad de Ricardo entre los barones franceses se remontaba a su cruzada, cuando liberó a varios prisioneros de la batalla de Gaza; entre ellos estaba Amaury de Montfort, el Condestable de Francia.

Probablemente quien había proyectado esa red de alianzas entre Castilla-Aragón-Tolosa-Navarra-Hugo de Lusignan era Federico II. Pero toda la labor diplomática se trabajó con gran discreción.

 

Hacia la Corona Imperial

 

Un pequeño intervalo hacia la corona imperial fue cuando el Papa le ofreció la corona de Sicilia; Ricardo respondió algo similar a “me está vendiendo la luna”. Proyecto que Ricardo desechó; Enrique III, en cambio, lo tomó para su segundo hijo, Edmundo, y casi le acarrea una violenta rebelión de los barones. Pero no fue muy difícil: dejaron a Enrique III en el trono y él solito se encargó de suscitar rebeliones.

Durante el tiempo que estuvo en Inglaterra, además de pasar las fiestas con la familia real en Westminster, entre otras cosas reorganizó la moneda en Inglaterra; también Enrique III acuñó una moneda de oro… que tuvieron que sacar de circulación hasta la época de la batalla de Crécy. Ricardo también formó parte del Comité de los Doce para la reforma del reino. Y entre sus habilidades estaba la de “desaparecer” de la vida política durante meses, incluso en los momentos más tirantes entre el rey y los barones.

En 1249 cede Gascuña a Eduardo, su sobrino, que era administrada por Simón de Montfort; unos pocos años después, con Simón devuelta en Inglaterra, en 1252, Enrique y Simón se querellarían de una forma irreconciliable.

 

El cenit

 

A la muerte de Guillermo de Holanda, el apogeo de Ricardo de Cornualles se probó cuando resultó como uno de los candidatos a ser Sacro Emperador Romano Germánico. El rival gibelino era Alfonso X de Castilla, que no comprendió que lo que su reino requería era sosiego, no embarcarse en una aventura. La candidatura era más natural en Alfonso X porque era hijo de San Fernando de Castilla y Beatriz de Suabia, prima de Federico II.

Ricardo tuvo que gastar una notable fortuna en ganarse a todos los príncipes alemanes, tanto eclesiásticos como laicos. Y fue muy bien recibido en Colonia porque esa ciudad tenía fuertes vínculos comerciales con Inglaterra. Fue coronado en Colonia ante la presencia de 3.000 caballeros, 30 duques y condes, 2 arzobispos y 10 obispos. Sólo el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el arzobispo de Tréveris estaban del lado de Alfonso X de Castilla.

Probablemente la persona que fue más feliz en esa jornada fue Sancha de Provenza, cuyas dos hermanas ya eran reinas de Francia e Inglaterra. Dicen las malas lenguas que Beatriz de Provenza fue la que empujó a Carlos de Anjou a ir por la corona de Sicilia. ¡Debía tener una gran personalidad! Era obvio: sin una corona en su cabeza, ¡era menos!

Ninguna motivación mejor para prender fuego el sur de Italia que tener una mujer que te taladra la cabeza. Pero Sancha no fue la única mujer feliz en Colonia, sabemos que la esposa de Otón de Brunswick, en su estadía en Colonia, contraía notables deudas con los prestamistas y comerciantes a quienes les pedía dinero para satisfacer su pasión por el juego. Hoy en día los hombres corren detrás de las esposas por el crédito de las tarjetas, ¡cómo ha avanzado la civilización desde hace ocho siglos! ¡Qué evolucionados que somos! ¡Ah, qué sería de esos esposos felices sin mujeres que les trastornen las vidas! Hasta Sócrates salía a dar vueltas por la ciudad, para no estar con la bruja de su esposa.

De todos modos la corona a Sancha le duró unos pocos años, ella murió en 1261; entonces Ricardo se casó con Beatriz de Falkenburg.

 

Los sospechos de siempre: los barones. Los últimos años de Ricardo

 

Desde siempre hubo problemas con los lores de las Marcas, esto es: los señores cuyos señoríos limitaban con Gales. Ya no estaban los Marshall, pero surgió otro peor: Simón de Montfort. Este “brother-in-law” del rey era un advenedizo; y como la gran mayoría de los “reformadores sociales” desconoció que la clave estaba en reformarse a sí mismo. Si bien se había peleado con el viejo Gloucester, Ricardo VI, estaba en buenas relaciones con el nuevo señor, Gilbert, joven ambicioso. Además contaba con el apoyo de Londres, ciudad que crecía y estaba ávida de tener nuevas y más amplias libertades.

En la batalla de Lewes el bando de los rebeldes ganó. Simón de Montfort estableció un gobierno provisional que consistió en un reparto de feudos y dignidades para sus hombres. Luego en Evesham vencen los realistas; Simón de Montfort muere en batalla y su familia huye a Francia. Al año siguiente, en Chesterfield, el hijo de Ricardo, Enrique de Alemania, vence a uno de los últimos rebeldes: Robert Ferrers, earl de Derby.

Años después, Eduardo, hijo del rey Enrique, es nombrado Senescal de Inglaterra. Ricardo, durante esa época, ayudó mucha a la transición de gobierno entre el terco Enrique III y el joven e inexperto príncipe Eduardo. Fue partidario de la mesura en las medidas contra los “desheredados”, los hijos de los rebeldes.

Cuando su hijo, Enrique de Alemania, acompaña a Eduardo a la cruzada, éste lo hace volver porque Enrique III estaba enfermo. Eduardo lo eligió porque era el más sabio y en caso de tener que sobrellevar una regencia él, Enrique de Alemania, sería uno de los más adecuados. De ese modo Enrique volvió por Sicilia y Eduardo siguió su camino hacia San Juan de Acre.

En su retorno, al pasar por Viterbo, se encontró con los “primitos” Montfort. Como recuerdo por los viejos tiempos lo asesinaron a traición en la iglesia de San Blas. Le echaron la culpa, falsamente, de la muerte de Simón de Montfort en Evesham y lo apuñalaron en el altar.

Su padre, Ricardo de Cornualles, muere al año siguiente, el 2 de abril de 1272. Su corazón está en una iglesia franciscana de Oxford. Entre sus posesiones se podían contar por lo menos nueve castillos (Eye, Oakham, Berhamstead, Wallingford, Mere; en Cornualles: Tintagel, Launceston, Trematon y Restormel). Como siempre, fue generoso con Tierra Santa al legarle 8.000 marcos de plata y otros 500 a los dominicos alemanes.

 

Apreciación de Ricardo de Cornualles

 

Fue el señor de diversos títulos: Gascuña, Cornuallesy otros feudos ingleses, además de ser “Rey de los Romanos”. No creo que los títulos sean punto de discusión, ni siquiera que sean “decisivos”, más bien son algo secundario cuando uno habla de Ricardo.

Llevó a cabo sus hazañas militares en Gascuña durante la juventud con una decente dosis de éxito, la suficiente como para “saciar su sed de hazañas”. Nunca fue alguien partidario de la resolución de conflictos por las armas.

No era un hombre destinado a ser rey, pero sí un hombre de primera relevancia en el reino de Inglaterra; de hecho, hasta 1239 era el heredero a la corona. Pero ningún hermano de ningún rey, salvo el ambicioso e insaciable Carlos de Anjou, que se convirtió en “paladín”, tuvo tal relevancia internacional. Y eso fue gracias a la poderosa iniciativa que tuvo Ricardo a lo largo de toda su vida; a su espíritu elevado, que le daba gran flexibilidad. Tenía una notable sabiduría, sabía hacer lo que requería el momento; en los deportes se lo suele llamar “lectura de juego” y es sólo accesible a las mentes rápidas.

Se lo contrapone físicamente a un soldado notable como Simón de Montfort, clásico ejemplo de aristopatán ambicioso, lleno de fuerza bruta, con una mononeurona pendular y atrevimiento al estilo: “la fortuna favorece a los valientes”, como si fuese un héroe de La Eneida; mientras que por otro lado tenemos a un flexible Odiseo.

Afortunadamente hasta el día de hoy, incluso en los deportes más físicos como el fútbol americano y el rugby, los hombres más importantes no son los más fuertes de físico, sino los de mente. Pienso en Morné Steyn, fly-half de los Springboks; tal vez sea uno de los más débiles de los quince, pero él fue el verdugo de los All Blacks allá en el 2011; uno de los pocos jugadores irremplazables desde hace varios años. En cambio, de los otros quince, sabemos que siempre uno de ellos, lleno de fuerza bruta, va a “calentar el partido”, así como Simón de Montfort “calentó Inglaterra” durante su “estadía”.

Han pasado muchísimos siglos y las cosas no han cambiado mucho; la fuerza más importante sigue residiendo en la mente. Y no porque Ricardo haya sido un “debilucho”, se podría haber conseguido un “personal chevalier” que lo entrenara y habría empezado con 3 kilos, después 6,12, 24, 50, 80, 100, 120… Y hasta donde diese la fuerza máxima de Ricardo, pero no era esencial para él; eso lo puede hacer cualquiera. Ahora, adiestrar el espíritu es tarea de pocos. Ricardo habría sido grande, un rey, con o sin títulos.

Cualquiera que haya seguido de cerca la vida de Ricardo de Cornualles no puede resultar más que sorprendido que este “segundón” haya llegado a ser alguien tan imprescindible para la supervivencia de los Plantagenet. Todo gracias a esa diligencia de cada día, autocontrol, flexibilidad, sabiduría, algo de grandeza y largueza al estilo Plantagenet, como su tío Ricardo.

Como todo hombre, tenía sus defectos: orgulloso y dueño de una jactancia hiriente, nos lo imaginamos. Tal vez sus palabras eran tan hirientes como alcohol de quemar aplicadas en una herida; un poquitín hirientes, nada más. ¡Era maravilloso, no perfecto!



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