Los Ibelin

E
l reino de Jerusalén, como todo estado feudal, contaba con muchas familias nobles que influyeron, de manera positiva o negativa, en la formación, desarrollo y, en este caso, el fin de su reino. Creo que la manera de explicar a esta familia es mediante tres etapas: Inicio (1115-1205); Consolidación (1205-1258) y Epílogo (1258-1369).

 

Inicio

 

En el año 1115 aparece el primer Ibelin: Barisan, su primer título será Condestable de Jaffa; por el nombre piensan que su origen esa de la zona de Liguria. Recién en el año 1141 se le otorga Ibelin, que era un señorío, igual que el castillo de Guardia Blanca, fronterizo, cuyo fin era cercar estratégicamente la ciudad de Ascalón. Se le añade el señorío de Ramla por casarse con la heredera de ese feudo.

Esta política de casamientos y uniones prolíficas dio no solamente feudos, también conexiones políticas mediante “esposas Ibelin”, que inclinaban a sus esposos a la esfera gravitacional ibelina; además, en caso de morir algún Ibelin, se lo podía remplazar por otro hermano, primo, sobrino, etc… No les tomó demasiado tiempo, mediante alianzas matrimoniales, convertirse en poderosos señores.

Lo que facilitaba notoriamente su ascenso eran dos cualidades: fidelidad ciega al rey (al menos hasta que ascendieron) y su notoriedad en batalla; lo de “notoriedad en batalla” era algo no menor, porque el reino de Jerusalén necesitaba no sólo buenos caballeros, además necesitaba que saliesen airosos de los innumerables encontronazos con los musulmanes.

Durante sus inicios, y también en la etapa de consolidación, se mostraron sumamente hostiles a las ambiciones de cualquier príncipe extranjero, especialmente las de los señores de Flandes, Thierry y Felipe de Alsacia. Aquello malogró no pocas expediciones de cruzados que acudían al auxilio de Tierra Santa.

La etapa de “Inicio” tiene su cenit con dos hermanos: Balian de Ibelin y Balduino de Ibelin. El primero se casó con la María Comneno, viuda del rey Amalrico I de Jerusalén, y de ese matrimonio nacerán: Juan de Beirut y Felipe de Ibelin, regente de Chipre durante la minoridad de Enrique I de Chipre. La notoriedad de Balian fue clave en la defensa de la ciudad de Jerusalén (personificado por Orlando Bloom en la película “Cruzada”, claro que el diálogo real con Saladino fue esencialmente diferente por parte del Sultán) y le valió una gran fama en toda Tierra Santa. En cuanto a la conexión con la familia imperial de Constantinopla, con la muerte de Manuel Comneno y las querellas en el Imperio, dieron por tierra cualquier utilidad que pudieran obtener de los bizantinos.

Balduino, según la Crónica del escudero de los Ibelin (Ernoul), era el “prometido” de Sibila de Jerusalén. Probablemente era uno de los mejores caballeros del reino de Jerusalén, pero era, sin duda, el más problemático. Tuvo roces con Felipe de Flandes, Guy de Lusignan, Guillermo “Largaespada” de Montferrato y el denominador común en los problemas era él; seguramente codiciaba la corona de Jerusalén y por eso se mostraba agriamente hostil a cualquier noble que amenazara sus ambiciones. Él terminará casándose con la hermana de uno de los señores de Beirut, hermanos sumamente sospechosos del asesinato de Milo de Plancy, Senescal del Reino de Jerusalén; su hija, Eschiva, se casará con Amalrico de Lusignan, rey de Chipre y, de ese modo, la apestosa plaga mortífera de los Ibelin se extenderá al reino de Chipre.

Durante la cruzada de los reyes, Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra, tomaron partido abierto por Conrado de Montferrato y no vacilaron en hacer acuerdos con Saladino a espaldas de una cruzada que, de alguna manera, aspiraba a recuperar sus territorios. Siendo partidarios de Conrado, con él se mantuvieron y eso implicó estar margen de la cruzada.

 

Consolidación

 

Después de la caída del reino de Jerusalén, la nobleza del reino se debilitó en extremo; los Ibelin, mediante contactos políticos, obtienen posiciones claves en el reino (como el puesto de Condestable del Reino, entre otros) que les permite obtener nuevamente feudos. Obtienen el feudo de Beirut y, al igual que las cucarachas, que son difíciles de matar, quedaron vivos para casarse con nuevas herederas de feudos.

Hubo un momento de transición, después de perder sus feudos, que fue clave para la supervivencia de los Ibelin como familia señorial: la última década del siglo XII y la primera del siglo XIII. Fue clave para ellos adquirir, al menos, dos posiciones: el título de Condestable de Jerusalén (luego intercambiado por el feudo de Beirut) y el casamiento de Eschiva con el rey de Chipre; el primero, Beirut, habría la posibilidad de ingresos extras mediante un puerto e impuestos y aranceles por las transacciones comerciales, dando por descontado cierta apropiación de derechos propios del rey que cayeron en manos de los señores; el casamiento de Eschiva les valió ser parientes de la reina y del futuro rey, así adquirieron feudos y posiciones de influencia en el reino.

Con el tiempo se convirtieron en  una mayoría, y se estaba con ellos o contra ellos; de ningún modo podía concebirse un punto intermedio salvo viviendo fuera de los reinos de Jerusalén y Chipre, esto es: en Trípoli, Antioquía y los principados francos en Grecia, lugares donde los Ibelin nunca les dejaron poner un pie.

Sobrevivieron al período de la “Guerra de los Lombardos” gracias a que Federico II estaba demasiado ocupado en las querellas con Gregorio IX y los lombardos que absorbían todas sus energías. Pero cuando ganaron esa guerra no encontraron ningún poder que pudiera retarlos, Chipre y el reino de Jerusalén quedó para ellos. Al final de la Guerra de los Lombardos, nombra a Alicia de Chipre regente del reino de Jerusalén, pero ella pronto sufre un buen desengaño y aprendió que los Ibelin la usaron para vaciar el poder de la corona en beneficio de ellos o de sus partidarios, nada más, y sus derechos se tornaron ilusorios. Otro tanto los venecianos que, esperando recuperar sus posesiones en Tiro, vieron sus esperanzas fallidas cuando la ciudad pasó a manos de Felipe de Montfort que hizo caso omiso de sus réplicas por las posesiones venecianas de la ciudad.

Citando a Orlando Bloom, pero esta vez como Will Turner en Piratas del Caribe: “no hay héroes entre ladrones”.

 

Epílogo

 

El epílogo de los Ibelin es bastante triste en el balance que arroja. En primer lugar, la nueva eminencia entre los Ibelin es el conde Juan de Jaffa, sobrino de Juan de Beirut e hijo de Felipe de Ibelin, y Juan de Arsuf, primo del conde de Jaffa e hijo de Juan de Beirut. Estos dos hombres fueron participaron del gran “teje y maneje” del derecho del reino de Jerusalén, convirtieron al “droit” en “tort” usando las leyes (el sueño de cualquier abogado).

Estos dos personajes se encuentran en campos opuestos durante la guerra civil de Saint Sabas, a la cual arrastran a los diferentes partidarios del  reino; Juan de Jaffa estaba con los venecianos y Juan de Arsuf con los genoveses, asimismo Felipe de Tiro.

Sobrevivieron en querellas internas hasta la caída del reino de Jerusalén, después trasladaron sus querellas a Chipre, para la tranquilidad de nuestros lectores.

En Chipre desplegaron sus “muy conocidas habilidades”: casarse, tener hijos y, mediante conexiones, ser rémoras. Y ya que los nobles de Jerusalén eran denominados, genéricamente, “francos”, muy bien puede decirse que llevaron “el mal francés”, o mal gálico, a la isla de Chipre que llevaban dentro de sí.

Durante los últimos años del reino franco-sirio es un Ibelin quien le pide al rey de Chipre que regule el servicio militar que tenían que llevar adelante en el auxilio de Acre, ya que era muy importante no perder la costumbre de poner piedras en el cumplimiento de las obligaciones mediante excusas legales.

Para coronar la gratitud de los Ibelin hacia la corona chipriota, Pedro I de Chipre fue asesinado por tres personas en 1369, uno de ellos era un Ibelin. Es curioso cómo, 150 años después, favorecidos por un rey, se convierten en la perdición.

 

Conclusión

 

Hay dos tendencias en los cronistas de las cruzadas. La primera es “comprar” la versión de los Ibelin, donde ellos son los nuevos “adanes” que fueron creados y elevados a un rango casi angelical; por otra parte está la tendencia revisionista, que se aferra a los documentos, cartas, de la época.

Desgraciadamente, la realidad está en un punto gris muy ambiguo. Hicieron muchas cosas por Jerusalén, lo cual no es poco; se mantuvieron en pie durante un centenar de años y resistieron al emperador, logro también notable. Sin embargo, las crónicas, tanto la de Ernoul como la de Felipe de Novara, son demasiado partidarias. Los partidos, y las pasiones, enceguecen la realidad objetiva.

Edbury los llega a comparar con “El Padrino” (al menos a Juan de Jaffa). En las crónicas se ve cómo, al menos Anselmo de Brie, mencionó la idea de “asesinar al emperador” y causó un “profundo escándalo” de Juan de Beirut que lo censuró. Mencionan cómo destruyeron a los opositores en Chipre. Entre los documentos papales se aclara no sólo el reto papal de Urbano IV por el adulterio de Juan de Jaffa con la viuda de Chipre (debía ser muy notorio para que amerite una carta); y también se especificó, cuando envían la ayuda monetaria para el conde, que ese dinero estaba destinado no al conde sino a la restauración de las murallas de Jaffa porque temían que lo usase para saldar sus deudas personales. Sin ir más lejos, Julián de Sidón perdió su ciudad, agobiado por las deudas y su adicción al juego; Sidón fue comprada por los caballeros templarios.

Tenían, claramente, una mentalidad propia del siglo XI que colapsó a finales del siglo XII y murió de manera definitiva en el siglo XIII; al menos en Europa. No sé si la nobleza europea hubiese tenido más éxito en Tierra Santa; pero a los Ibelin les hubiese sido extraordinariamente difícil habituarse a vivir en Europa, por no decir “imposible”. En verdad el Oriente franco y Occidente llegaron a convertirse en mundos diferentes.

La Monte en su libro sobre la monarquía de Jerusalén, ciertamente el más citado, junto con el de la nobleza de Jerusalén de Riley-Smith, dice: “¿no será que ese esquema feudal era el más sabio?”.

Los Ibelin, en cierto sentido, hicieron un buen trabajo, dentro del rango de lo “aceptable”; pero, por otra parte, su “trabajo”, si bien encajaba dentro de lo legal, fue la base para desarticular el reino de Jerusalén. Terminaron siendo parte del problema, no parte de la solución. Nunca alcanzaron a comprender que el siglo XII había terminado, que Damasco y Egipto ya no estaban separados y que los poderes que los amenazaban eran más peligrosos que Saladino.

Federico II, desde Sicilia, tenía una vista mucho más cierta sobre Oriente Medio que los mismos franco-sirios al proyectar su alianza con Egipto. Los Ibelin tuvieron aciertos, tuvieron errores; sus acciones desmintieron el mito sobre la supuesta grandeza familiar; pero lo que los condenó fue la ceguera ante los vientos de cambio. Esa ceguera los llevó a llegar siempre tarde, siempre un paso atrás y los únicos que pudieron dar ese impulso para emparejar las cosas, Juan de Arsuf y Juan de Jaffa, seguían soñando con las coronas que no les llegaron… y nunca les llegarían.



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